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01/03/2018
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Cuando no hay presente ni futuro, sólo queda el pasado

Los argentinos transitamos una etapa histórica marcada por un gobierno que necesita imperiosamente de las remisiones al pasado, porque en el presente no tiene nada para ofrecerle a la ciudadanía, sólo retroceso en derechos sociales y económicos para las mayorías. Mientras, aparecen claros hechos de corrupción y falta de ética.

Las políticas de Cambiemos repiten fracasos estrepitosos en el país, de la mano de una lógica neoliberal que sostiene e impulsa la concentración de la riqueza de los actores más poderosos de la economía, sin reparar en la contracara, la exclusión de millones de trabajadores, la desocupación, la destrucción del poder adquisitivo de los salarios y la carestía de vida.

Luego de más de dos años de gestión macrista, la realidad que vive el país está marcada por severos fracasos en materia de política económica por parte del gobierno nacional. La inflación ha marcado niveles preocupantes en 2016 y 2017, muy por encima de los presupuestos oficiales.
Las anunciadas inversiones extranjeras como motor del cambio nunca llegaron; las políticas gubernamentales se empeñan en multiplicar irresponsablemente el endeudamiento del país constituyendo una pesada mochila a las generaciones futuras; se liberan las importaciones; la fuga de divisas y el déficit de la balanza comercial marcan récords históricos.

El gobierno Cambiemos ha empeorado seriamente los problemas estructurales del país en materia económica respecto a las gestiones pasadas, en el marco de un diseño político en el que el “reformismo permanente” sólo consolida un marcado proceso de concentración de riqueza, con los bancos, sector primario y multinacionales como principales beneficiarios del modelo.

El modelo PRO recorta las jubilaciones y pensiones para financiar el déficit fiscal ocasionado por la ruleta financiera de las Lebacs, y al mismo tiempo libera los precios de los combustibles y los alimentos de manera violenta. Así día a día se transfieren recursos desde los sectores bajos y medios a los sectores más ricos, y los salarios y el trabajo son las principales víctimas de un círculo vicioso que culmina irremediablemente con la expulsión de miles y miles de argentinos del sistema, y la destrucción del aparato productivo del país.

Los escándalos de funcionarios como Caputo o Gilligan que pregonan inversiones extranjeras mientras fugan capitales nacionales a paraísos fiscales de dudosa legalidad; un ministro de trabajo de la Nación como Triaca que presiona a los sindicatos a negociar salarios por debajo de los pronósticos más conservadores de inflación mientras nombra a parientes, militantes y trabajadores en negro en sindicatos intervenidos; la utilización de una política represiva en el plano interno que desconoce el derecho vigente consagrado por normas básicas y la propia Constitución, naturalizando la muerte en vez de preservar la vida como meta fundamental; son apenas el corolario de una realidad marcada por fracasos económicos que golpean duramente el presente de los argentinos y sacude las perspectivas sobre el futuro.

Prohibido hablar del presente

Es en este marco donde el discurso oficial deviene en una pantomima, una farsa que apela continuamente al pasado, a los fantasmas, a la historia. El pasado no puede modificarse, es una ley natural, pero Cambiemos es una apelación tanguera a lo que pasó. El presente no aparece, y no es casualidad. Esa es la partitura impuesta por funcionarios que entienden a la política no ya como una construcción colectiva en pos del bien común, sino como un mero mecanismo de acumulación de poder en beneficio de las minorías.

El desprecio por la política es manifiesto en un oficialismo que lejos de ser un partido, está conformado como un reducido núcleo de gerentes y empresarios, que ven en el Estado a un enemigo en la medida que éste no transfiera recursos a los más ricos. Sólo en esta coyuntura puede tallar el accionar de gurúes de la comunicación como Durán Barba, el ex asesor del gobierno dolarizador de Ecuador encabezado por Jamil Mahuad, cuya gestión terminó abruptamente con un rotundo fracaso para millones de trabajadores.

Negar la realidad es un atajo corto, y el pueblo argentino empieza a interpelar. Dejar el ilusionismo, comprender lo que está sucediendo en el país de la mano de las políticas neoliberales, para trabajar en pos de un proyecto plural, social, es una necesidad y un imperativo ético de las fuerzas progresistas, para que la política vuelva a ser una herramienta de construcción de democracia, y no una mera farsa que oculta que tras la riqueza de pocos, se esconde la desgracia de millones de argentinos. Ese es uno de los desafíos centrales del Partido Socialista en esta hora crucial de la historia.